La cocina de la casa de campo de Bernardita es el principal ambiente de la antigua construcción, se abre al patio en generosas ventanas y puertas, por donde se asoman los perros y los aires de dos diagonales: la del imponente cerro, al frente; y la de rumoroso río, al fondo. Aquí ella desata un vendaval de ollas al fuego, el cuchillo se hace invisible en el picado fino de las aromáticas y los pescados suspiran sobre la mesa, aliviados del frío, ignorantes del destino caliente que les espera. Hay elaboración y hay charlas, corre el mate (que nos une por arriba de los Andes) y los aromas se suman, debajo del bajo techo protector. “Sobre esta mesa a veces escribo” cuenta Bernardita. Uno se imagina que la inspiración también salpica las paredes y trata de adivinar las manchas volátiles de las palabras bien dichas y escritas.
Pasamos horas maravillosas en la cocina de Bernardita. Ella construyó allí su atalaya a prueba de los vientos. Parte, viaja (mucho) y reparte su arte por distintos rincones de Chile, alguna que otra escapada a la Argentina y súbitas invitaciones tras los mares. Pero siempre vuelve a esta cocina de campo, en El Malito.

“Vivo en la cordillera, con el alma pendiente de las nubes, tengo días precarios y otros mejores, son esos cuando la casa se llena de silencio y los membrillos resuenan en el techo. A veces me purifico en la neblina del alba y aprovecho el buen tiempo para colgar mis penas en el patio y sacudirlas del invierno y sus dolores. En las tardes, mientras en la cocina desgrano penas y arvejas, puedo saber si mañana llueve, cuando en el mallín cantan los teros; entonces, llega la hora de atizar el fogón y cocer el pan en el rescoldo del olvido”.
(Retrato, de Furia y paciencia, de Bernardita Hurtado Low)
“Entre afanes diarios y ollas como locomotoras (hierven para llegar a tiempo), me doy un respiro para dibujar tu nombre con el vapor de la tetera” (Destino de almuerzo, de Furia y paciencia, de Bernardita Hurtado Low)
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