jueves, 9 de febrero de 2012

Rocky Trip, un punto del camino al encuentro de las historias

Ya en otro punto del blog (ver el título “El maravilloso Valle de los Altares”) se muestran fotos y se ensaya la crónica acerca de ese sitio especial, de paisajes cautivantes entre antiguos acantilados, sobre la ruta nacional 25.

Hay un sitio, unos 15 kilómetros antes de llegar a la población de Los Altares (donde resulta conveniente hacer una pausa y reaprovisionarse de combustible en la estación del ACA) que tiene atractivos particulares, que guarda historias de secretos heroísmos, que fue también escenario de un hecho criminal hace muchos años y conserva la humilde tumba de un almacenero español, inmigrante de fines del siglo 19.

Sobre la banquina izquierda (si se marcha hacia Esquel) hay un pequeño cartel que indica el nombre con el que, desde 1870 más o menos, se conoce el sitio: “Rocky Trip”.

Es el título de un libro monumental (por su contenido y realización gráfica) que escribió Sergio Sepiurka e ilustró fotográficamente Jorge Miglioli, donde se cuenta con detalles de crónica moderna la epopeya de la colonización galesa en el Chubut.

Precisamente entre las páginas 167 y 177 de esa obra se cuenta acerca de la significación de ese lugar. El nombre viene del inglés (lengua alternativa de Gales) y se puede traducir literalmente como “camino de roca” y es una referencia al paso por donde las caravanas de carros (“chatas” se les decía también, en la Patagonia) tiradas por mulas o caballos cruzaban el cordón de bardas para llegar hasta las orillas del río Chubut, para que los animales y hombres tuvieran algunas horas de descanso en la larga travesía.

El paso era muy duro y accidentado, sobre todo cuando los carruajes tenían que bajar una pendiente de 45 grados. En los apuntes de viaje de aquellos pioneros quedaron registros impresionantes. Cuentan los viejos pobladores que los animales se ataban por atrás de los carros –muy cargados, hasta con 3 mil kilos cada uno- para frenarlos en el descenso.

Sepiurka y Migliori transitaron por el Rocky Trip por los años 2002-3 y observaron que todavía se conservan los rastros de un camino árido y áspero, que dejó de utilizarse hacia la tercera década del siglo 20, cuando se abrió el camino que mucho más tarde (en los años 90) sería pavimentado, con un trazado menos complejo.



En la bajada del Rocky Trip, a unos 200 metros de la costa del río, había instalado su almacén de campaña (un “boliche” como se le dice en el campo argentino) el español Alipio de la Lama. Dicen que el hispánico comerciante, cuyos servicios de provisiones eran muy solicitados por los viajeros, compensaba los sacrificios de la soledad en ese paraje inhóspito con los beneficios de la buena lectura, y que su biblioteca estaba muy bien provista.


Un día trágico, el 17 de enero de 1927, Alipio tuvo una de tantas discusiones con un viajero desconocido (quizás por alguna cuenta que el parroquiano no quería pagar) que tuvo final sangriento, con la muerte del español. Sus amigos lo enterraron allí mismo, al costado de la huella, y el modesto sepulcro del bolichero todavía se conserva, como un testimonio de los tiempos en que los viajes por la Patagonia eran un poco más peligrosos que en la actualidad.


Estacioné a la Pewma a una prudente distancia del túmulo y los rastros aún claramente visibles de aquella huella que tantas veces transitaron los carros que transportaban avanzadas de progreso y riquezas de la ganadería lanar. Caminé entre coirones y rocas, con el oído atento a alguna llamada. Guardé silencio enfrente de la oxidada cruz forjada en hierro y percibí la mirada vigilante de un jote de cabeza colorada que volaba a más de 20 metros de altura sobre mi cabeza.


No temas, amigo, no voy a profanar el descanso de Alipio de la Lama, ni pretendo interferir en el paso cadencioso de las tropas del recuerdo, que siguen fatigando a la piedra, clavando pezuñas y ruedas para dejar señales, marcas, mojones del pasado.

El pájaro pareció comprender mi mensaje y se alejó, hacia la refrescante orilla del Chubut. Un silbido antiguo, casi como un susurro de aire ahuecado, apenas pudo ser percibido en mis orejas. Muy despacio, como para no sobresaltar a mi propia sombra, torné la cabeza hacia un lado: allí, a poca distancia, un mastuasto me observaba, más curioso que preocupado. Los pastos temblaban de viento sur, volví a la comodidad de la Toyota.



El ‘jote de cabeza colorada’ es un ave carroñera de la familia de los ‘cathartidae’, en el orden de los ‘falconiformes’, su cuerpo mide unos 55 centímetros y las alas desplegadas llegan a 1,75 metros.


El ‘mastuasto’ es el nombre popular del lagarto ”leisosaurus belli” de unos 10 a 15 centímetros de largo.

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