domingo, 17 de febrero de 2013

Una noche de poemas y lluvia en Puerto Montt

La noche se puso lluviosa; pero tal vez fue al revés y era la lluvia que anochecía. Se pintó de brillos el pavimento de las calles de esa ciudad enredada, donde los taxistas manejan con violencia y los semáforos acechan en los cruces más inverosímiles. Estábamos en Puerto Montt y teníamos que llegar, desde los alrededores del centro, hasta la calle Puerto Williams al 500, cerca del súper Líder, en las afueras y en una remota población (que así le llaman los chilenos a los barrios). Le preguntamos a un señor, que paseaba su perro por la vereda, y muy solícito, y simpático, y amabilísimo (y no sé cuántas esdrújulas más) se prestó para darnos la necesaria orientación. El diálogo fue más o menos así.


Señor chileno: mire, en esta esquina de acá toma a la izquierda, y después en la otra a la derecha, y cuando llega al semáforo corto (creo que se refería a uno de cuatro pasos) vuelve a girar a la izquierda hasta llegar a la Panamericana… bueno esa avenida que nosotros llamamos la Panamericana…

Cronista argentino (yo): ah, sí, ya pasamos por allí, usted dice la avenida Presidente Allende… ¿verdad?

Señor Chileno: bueno, yo no lo quería nombrar… sí, por esa tiene que tomar, y sigue derecho hasta llegar a la rotonda, y allí toma a la derecha y van a ver el Líder…

Cuando el amabilísimo señor chileno (de derecha) hizo ese comentario, Dalia y yo nos cruzamos una rápida mirada como de “¿y si lo mandamos a la mierda?”; pero los buenos modales pudieron más que la indignación y, además, estábamos de visita y uno nunca sabe exactamente cuáles son las reglas de juego (los sistemas represivos, quiero decir) y tal vez en Chile uno pueda ser detenido por los Carabineros por insultar a un simpático señor de derecha que ofende la memoria de un presidente popular que se inmoló por una causa, y por la memoria de los miles de muertos asesinados por los amigos del solícito señor de derecha.

Con el sabor ácido que el inesperado comentario escuchado nos dejó en los labios hicimos el camino recomendado. Claro que el conductor (este cronista) se pasó de la rotonda indicada y entramos en la autovía, y tuvimos que avanzar como tres kilómetros hasta encontrar una salida y retoma, ¡y pagar después un peaje! (el señor simpático, de derecha, seguramente nos había mandado una maldición) y finalmente dimos con la avenida que lleva para el súper Líder y atrás ubicamos a la calle Puerto Williams y la casita donde nos esperaban los amigos y la poesía y unas cosillas ricas y ese buen tinto chileno que Dios bendiga a las vides del otro lado de los Andes. La noche estaba lluviosa, qué maravilla.



Con Elsa Pérez Carrasco (la anfitriona) y Alejandra Wolleter ya nos conocíamos desde el emotivo encuentro de Palena (a fines de abril del 2012, convocados por ese ángel de las letras que se llama Bernardita Hurtado Low); a Manuel Moraga Vidal recién lo teníamos incorporado después de la tarde de anticuchos (nosotros, en cambio, usamos la voz extranjera de ‘brochette’) y buen vino y lecturas en lo de Patricia Medina y Neftalí Silva en Maullín; y allí en la calle Puerto Williams amarró a nuestros afectos otro poeta de garra: Nelson Reyes. La lluvia estaba maravillosa, qué noche.



Hubo charlas con fragmentos de las historias de vida de cada uno de nosotros. Los platillos con preparados ricos y salados aparecían como por arte de magia y desaparecían –ya vacíos- con el mismo encanto de la prestidigitación gustosa por los sabores del mar, que cuando están acompañados por los amigos son más apetitosos todavía. Y de los vinos ni hablar, que la Elsita sí que sabe elegirlos.









Después vino la lectura. Y quiero que mis amigos del blog puedan disfrutar de algunos mezquinos recortes de los poemas de ese puñado de escritores de Puerto Montt que construyen sus trincheras de palabras para vivir en plenario de imágenes y sentimientos.



De Elsa Pérez Carrasco.

“Si saliera a buscarte me faltaría tiempo/ y las manos se me caerían a pedazos/ como el tatuaje de tus brazos en mis rodillas/ Si fuera tras tu sombra de huesos/ no sabría como protegerte del frío/ ni del hambre eterna de mis brazos”. (En “Letras de banco”)



De Manuel Moraga Vidal.

“Estas nubes sólo esperan caricias/ del álamo silencioso del verano/ cuando llueve en esta primavera/ los pájaros clavan sus uñas a la piedra/ pero duermo como el jueves/ en una cama de crisantemos/ ahora que estás parado en mis acantilados/ el silencio son tus ojos/ el pelo que te arreglaste en el otoño/ cuando todo era humo en este bar/ acariciaste con una sonrisa/ la sinfonía que te estaba tarareando/ la gente se disolvió por las ventanas/ el miedo se arropó en estos abismos/ en tu sombrero no habían conejos, mago/ sólo una ruta que no tenía señales”. (En “Desmadrada”)



De Alejandra Wolleter.

“Cotidiano llevaba por nombre el hombrecillo que fijaba la punta del paraguas en su zapatón. Cotidiana, la mujer que levantaba un párpado y se quedaba tendida en la cama escuchando el ruido de la lluvia taladrar definitiva su cabeza. Pero se levanta Cotidiana, mira cuánto han cambiado las cosas, cómo las ligustrinas forman casi una cortina cubriendo la ventana y en eso está, que no se acuerda de acordarse de sí, de ponerse ropa, para no seguir siendo tan tremendamente cotidiana porque no cae en la cuenta de lo mucho que han cambiado las cosas, tantas cosas. (En “Cosa de palabras”)



De Nelson Reyes.

“Otras fueron las estrellas/ que se colgaron de tu cielo/ desde que el eco de tu risa/ no se oyó más a la hora del recreo. // Otra fue la historia/ que se escribió en tu paisaje/ cuando tuviste que cambiar el jumper por el maternal/ y nosotros, nata fresca,/ no nos explicábamos/ tu ausencia a la clase de filosofía/ justo cuando comenzó el capítulo de ética y moral”. (En “Testigos oculares”)



Yo les dejé el relato de Herminia, la muchacha de pueblo que descubre que puede “escuchar” los pensamientos ajenos (de un libro de relatos costumbristas que tengo en elaboración) y de la biblioteca viajera saqué “Los casos de Villa Intranquila” de Ramón Minieri, poeta-historiador-narrador de Río Colorado, como para poner un poco de humor sobre la mesa bien regada.



Primero Alejandra se perdió por la puerta, urgida por compromisos familiares. Después ya era tiempo de partida. Tras los abrazos con la dueña de casa nos fuimos por las calles platinadas con Manuel y Nelson y todo el vino, en nuestro coche. Ellos nos fueron guiando por la maraña, calmo el tránsito en una ciudad que no tiene noche, con acotaciones que eran poesía y vida, atravesando encrucijadas de tres luces y oscuros horizontes de muchas nubes. En una esquina que ya nunca más podría encontrar los dos pasajeros de la lluvia se bajaron y nos despedimos con los hombros salpicados. Fue una noche de poemas llovidos en Puerto Montt., a la que quisiera volver.

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