lunes, 29 de junio de 2009

Un cometa y el planeta venus, en el cielo de Patagones hace 127 años

El célebre astrónomo francés Perrotín vino especialmente a Patagones
La tranquila aldea que era Carmen de Patagones en 1882 se alteró con aquellos fenómenos astronómicos que pudieron observarse, con claridad, en sus cielos, en los meses de septiembre y diciembre de aquel año.

El escribano Francisco Pita, nacido en Carmen de Patagones Justificar a ambos ladosen 1870, dejó para la posteridad su libro “Remembranzas”, con una serie de maravillosas crónicas sobre sucesos de la vida cotidiana en esta población en los últimos años del siglo 19 y comienzos de la centuria siguiente.

De esa obra se rescataron tres artículos sumamente interesantes. Los tres se relacionan, porque en el primero se describen con lujo detalles dos “fenómenos celestes” ocurridos en 1882: la visión de un cometa; en el segundo se relata el paso del planeta Venus por el disco solar (o sea la superposición de esta esfera entre la Tierra y el sol) que fueron perfectamente visibles en Carmen de Patagones; y en el tercero se destaca la función del telégrafo, como avanzado medio de comunicación de la época.
Debe tenerse en cuenta que la observación astronómica estaba de moda en esas décadas del siglo 19 y la gente se inclinaba a creer que esos acontecimientos en el Universo podían tener consecuencias sobre la corteza terrestre. Vayamos al texto de Pita, de impecable estilo.
El cometa
“Un fenómeno celeste de una rareza y magnitud extraordinaria se presentó a la vista de nuestra lejana aldea en 1882. En el cielo límpido de Patagones, con claridad y grandiosidad que me será difícil narrar como lo desearía y corresponde, apareció ese astro inmensamente grande y luminoso, de un color rojizo, sobre el histórico Cerro de la Caballada, se veía tan bajo que parecería al alcance de la mano, según la mente de los niños, que observábamos atónitos y mudos el fenómeno, que invitaba a reflexionar sobre la grandiosidad y el misterio de la creación. Tenía el gran cometa un largo aparente de cien metros por unos diez de ancho en la cola y uno en la cabeza redonda y con una luminosa estrella que hacía de ojo de ese monstruo que tenía la forma de un enorme pescado. Salía después de la media noche y se podía observar en todo su esplendor a las dos de la mañana. A esa hora nos hacían levantar de la cama y salir al medio de la calle para verlo. Supongo que no quedó un solo vecino que no se haya incomodado alguna noche para ver esa maravilla que nos fue dado observar a nuestra generación y que no se ha repetido en forma análoga ni se repetirá tal vez hasta la vuelta del mismo cometa en su incesante recorrida por su órbita. ¡Qué espectáculo tan maravilloso! “
Este cronista averiguó por Internet y pudo saber que este cometa fue llamado “el Gran Cometa de Septiembre” o Gould II por el apellido del astrónomo Benjamín Gould, director del Observatorio Nacional, que lo descubrió en los primeros días de septiembre de aquel año 1882. Fue muy visible hasta el mes de octubre, pero hubo registros de observación tenue hasta mediados de 1883. Llama la atención la ingenuidad de Pita al establecer las “medidas” del astro.
Venus en el sol
El paso de Venus por la esfera solar fue un acontecimiento de marcado interés internacional, monitoreado desde Francia, que era en aquellos años el país con mayores adelantos en materia astronómica. Pero, además, la expectativa y los preparativos para su observación en el ámbito de la provincia de Buenos Aires (sitio del mundo privilegiado en ese sentido) dio lugar a la creación del Observatorio Astronómico de La Plata, que aún hoy, 127 años más tarde es de los más importantes de la Argentina.
Una publicación contemporánea del observatorio platense recuerda que “los franceses organizaron diez misiones: una misión a la isla de Haití (a cargo del científico Callandreu), una a México (Bouquet de la Grye), una a la Martinica (Tisserand, Bigourdan, Puiseaux), una a Florida (coronel Perrier), una a Santa Cruz de la Patagonia (capitán de Fragata Fleuriais), una a Chile (teniente de navío de Bernardières), una a Chubut (Hatt), una en Río Negro (Perrotin, director del observatorio de Niza), una a Cabo de Hornos (teniente de navío Courcelle-Seneuil) y finalmente una a Bragado (teniente de navío Perrin)”.
Ese lugar de Río Negro (sobre la costa del curso fluvial, no en el territorio nacional que lleva su nombre) fue más exactamente Patagones; y el astrónomo Joseph Perrotin era una de las máximas autoridades mundiales de los estudios del cielo.
Lo que sigue es el capítulo de Francisco Pita en su libro.
“En el mismo año 1882 ocurrió el paso del planeta Venus por el disco solar. Patagones fue uno de los puntos privilegiados del globo, desde donde pudo observarse mejor, y allá fue una comisión de sabios franceses del Observatorio Astronómico de Paris, presidida por Mr. Perrotin, con telescopio y demás aparatos.
Estableció su observatorio en campo raso, al oeste de la actual chacra Experimental hasta donde se construyó un ramal de línea telegráfica que lo comunicaba con la oficina del pueblo y a su vez, directamente, con el observatorio nacional de Córdoba. Felizmente había entre el personal de telegrafistas uno que hablaba francés, don Francisco Gernel, y a él se le encargó de la oficina del observatorio, la que permaneció allí por espacio de quince o más días.
El día del paso del planeta amaneció nublado y así siguió toda la mañana hasta pasadas las once y media, pero minutos antes de las doce, que era la hora matemáticamente fijada, se despejó el cielo con gran contento de los astrónomos y de toda la población, que así lo pudieron observar en todo su esplendor, los primeros con sus grandes aparatos y los vecinos con vidrios ahumados.
Pasó Venus majestuosamente por el disco solar en pocos minutos, produciendo la sensación de parecer una pelota de goma, negra y del tamaño de una naranja, pasando frente al disco de un tambor de banda de música. No se hablaba de otra cosa en aquellos días, en la calle, en los hogares y en la Escuela, donde lo acosábamos a nuestro maestro don Luis De Marco a preguntas sobre ese asunto, y él se complacía explicándonos cuanto sabía de tan interesante materia.
Mucha gente tenía una idea errónea sobre ese asunto, pues confundía a Venus con el cometa, lo que hizo exclamar a una señora, en la noche del casamiento de una conocida señorita, dirigiéndose al esposo, después de la consagración: ¡usted se lleva a la niña más hermosa del pueblo, pues Fulanita es la estrella de Venus que sale en la punta del cometa!”
Pita no precisó las fechas, pero de la consulta de otros documentos se pudo establecer que el día 6 de diciembre de 1882 fue cuando se logró la más perfecta observación.
La importancia del telégrafo
Hace 127 años no había teléfonos, ni radios, pero el telégrafo lograba la transmisión veloz de informaciones de todo tipo, a través del código morse (puntos y rayas convertidos en sonidos). De allí la importancia del avance de la línea telegráfica, sobre lo que también Pita escribió en detalle. Veamos.
“La primera línea telegráfica fue militar, construida en 1881 por orden del ministerio de Guerra y Marina, por el mayor de Ingenieros, señor Buratovich, se hizo para servir principalmente la línea de fortines que se establecieron entre Patagones, Roca y Paso de los Indios. La línea que nos unió con Bahía Blanca y Buenos Aires llegó a Patagones en 1882. La oficina se estableció en el Fuerte, sobre la calle 7 de Marzo y su primer jefe fue el teniente Linares (…) Todos los telegrafistas de esa línea, según fuera su categoría, era el grado militar al que estaban asimilados: alférez, teniente, capitán (o ayudante). Vestían el uniforme y galones correspondientes y tenían todos los deberes y derechos que los oficiales de línea.
En 1883 se nacionalizó esa línea y se dio a optar a los telegrafistas, entre pasar al Ejército con su grado o quedar como empleado civil. Los que optaron por seguir en las filas la carrera militar llegaron a ser jefes de alta graduación, como los Vallejo, Urtubey, Linares y muchos otros.
El establecimiento de ese servicio fue otra novedad en la aldea, no sólo por el importante adelanto que representaba, sino porque con ese motivo llegó allí un numeroso contingente de empleados de toda categoría y para toda la línea con un jefe superior que estableció su oficina en Patagones. Parecería que se hubiera elegido a propósito a los jóvenes más alegres, chistosos y bromistas de esta Capital para darles esos empleos, pues eran la ‘pierna de Judas’ como dijera una señora! No dejaban ‘títere con cabeza’, motivándoles continuas reprimendas y arrestos. ¡querían tomar la humilde aldea como país conquistado! Hasta que se acostumbraron al ambiente o se marcharon.
Esta sería una de las razones que tuvo en vista el jefe superior mencionado, inspector de sección don Carlos Almaestre, con asiento en Patagones, porque en aquella época ese punto tenía mayor categoría que hoy, desde que era cabecera de distrito, al formar un cuerpo de telegrafistas con hijos de Patagones ‘para que no me pidan licencia para bajar a Buenos Aires’ decía, y con ellos fue reemplazando a los que regresaban a su punto de procedencia.
Los primeros telegrafistas hijos de ese pueblo fueron Tomás Cueto, Federico Rial, Nicanor Pita, Miguel Pita y Julián Aguirre. Aquel grupo bullanguero habitaba una casita en el barrio de los morenos, cerca de doña Concepción Moreyra y aquella era una nueva Troya!... según cuenta la tradición, pues “si dijeran, lector/ que yo comento/ como me lo contaron/ te lo cuento”
Varios años después ingresé yo, que aprendí el telégrafo a los tres meses y el jefe señor Kennedy me encargó de enseñarle a los demás aspirantes que lo fueron: José Ramón Sánchez, Gavino J. Ibáñez, Juan Ibáñez, Arturo Fourmantín, Bartola Pietrapiana, Sergio León y José Prado, quienes engrosaron sucesivamente el grupo de telegrafistas de la línea con Antonio y Julián Echegoy, en Viedma; Basilio Guerrero en Pringles, y Agustín Guardiola y Víctor Guerrero en Conesa”.
¡Gente importante aquellos telegrafistas, jovencitos mimados por la sociedad, por el manejo de la tecnología de avanzada, antecesores de los actuales genios de la informática, tan admirados y bien pagos!


martes, 26 de mayo de 2009

Río Colorado, portal de la Patagonia

El puente viejo, entre las localidades de Río Colorado (Río Negro) y La Adela (La Pampa) se inauguró el 25 de mayo de 1909 y acaba de cumplir 100 años.
La estructura de hierro no oculta el deterioro por el inclemente paso de los años, pero el río sigue su marcha caudalosa e indiferente.

Un cartel, el emblemático nombre de un viejo y abandonado almacén de ramos generales; paradigmas del proceso de despoblamiento de Buena Parada, antigua población sobre el río Colorado.
Una rápida visita a la localidad de Río Colorado permitió tomar conocimiento de la historia del puente, hoy cerrado al tránsito para permitir su reparación; y una recorrida por las chacras de la Colonia Juliá y Echaren, con una pausa de nostalgias en Buena Parada; previo paso por la estación ferroviaria hoy convertida en centro cultural.
Un grupo de jóvenes investigadores, encabezado y orientado por el profesor Diego Zurueta, conformó la Asociación por la Historia Viva, para el rescate de los testimonios de viejos pobladores.
El portal norte de la Patagonia se muestra en la plenitud de la paleta de los colores del otoño e invita a visitarlo. Un descanso para tomar un café en la confitería Aruba (anacrónico nombre para un sorprendente bar-museo al mejor estilo San Telmo de Buenos Aires) se impone en la mansa mañana de esta población rural rionegrina.
(Las fotos que ilustran esta postal fueron tomadas por el poeta Silvio Tejada)

domingo, 29 de marzo de 2009

Mollie, Caroline y Ramón, en las viejas estancias inglesas en la Patagonia





Esta crónica tiene tres protagonistas, dos mujeres y un varón. Hay un invisible hilo que los une. Comparten de alguna manera el mismo interés sobre el territorio patagónico, con tiempos y visiones diferentes. Mollie, Caroline y Ramón son los actores de la historia que hoy presentamos.


Mollie Robertson fue una inglesa que transcurrió años de su infancia en estancias de Río Negro (cuando eran de capitales británicos) y después, ya mujer grande, escribió un delicioso libro con sus recuerdos. Carolina Holder es argentina, pero hace más de 35 años vive en Gran Bretaña , donde no hace mucho descubrió esa obra, comenzó a traducirla al español y, un tiempo después, decidió venir a la región, para recorrer los escenarios originales. Ramón Minieri es profesor de historia y escritor, radicado en Río Colorado, especializado en la historia de las estancias inglesas en la Patagonia (autor, precisamente, de “Ese ajeno sur”, obra imprescindible sobre ese tópico), que entró en contacto vía Internet con Caroline y se ofreció como su cicerone.
Aquellos recuerdos
Mollie Robertson ya tenía 55 años cuando publicó su libro “The sand, the wind and the sierras, days in Patagonia” (“La arena, el viento y las sierras, días en la Patagonia”) con las remembranzas infantiles de los años 1917 a 1924, tiempos en que vivió en las estancias Talcahuala (cerca de Sierra Colorada) y Huanuluán (entre Ingeniero Jacobacci y Clemente Onelli, segunda foto desde arriba) donde su padre, Jack Hobson, fue mayordomo y administrador.
En este fragmento que se reproduce, por gentileza de la revista “El camarote”, la escritora describe con lujo de detalles el almacén para el personal en la estancia Huanuluán.
“Durante muchos años el almacén había quedado muy abandonado y deslucido: anexado al casco, era un edificio destartalado con techo de chapa y muchas corrientes de aire, su polvoriento interior lleno de telarañas, los estantes apilados por una mezcolanza de mercadería añeja de la era victoriana. Entre otros artículos totalmente inapropiados se encontraba una serie de figuritas de porcelana, pastoras con perritos necios en los brazos; estuches de manicura de peluche y redecillas para el cabello descoloridas, entrelazadas con manchadas cintas rosas. (…) Atrás del mostrador largo y rústico había bolsas amontonadas de maíz y lentejas, y cajones forrados de cinc llenos de azúcar y harina. Detrás de ellos, apoyados unos contra otros como borrachos, estaban los costales de cuero de potro donde se guardaban el arroz, la polenta y la yerba. (…) Había pilas de galleta dura como el cemento desparramadas por el suelo polvoriento en la parte trasera del almacén. Estas constituían la ración de pan, y eran repartidas entre los peones en bolsas de arpillera, una por mes por familia. Eran tan duras que se tenían que quebrar con una piedra grande antes de comerlas. La costumbre era remojar la galleta en café caliente, lo cual al menos la ablandaba lo suficiente como para poder comerla. Mi padre opinaba que si se pudieran disparar con un cañón serían proyectiles formidables”
El descubrimiento
Caroline Holder (foto superior) ya tenía 32 años de residencia en el Reino Unido (52 de vida) cuando aburrida por su trabajo administrativo en una empresa mayorista de semillas, buscando nuevas emociones, se asoció a una red por Internet de venta de toda clase de cosas y al poner en el buscador el nombre de su país natal, Argentina, se encontró con la obra de Mollie Robertson.
Caroline cuenta ahora, casi 4 años más tarde, que “cuando llegué hasta la última página cerré el libro y me quedé pensando por mucho tiempo. Sabía que me había afectado profundamente, y traté de analizarlo”.
Fue a partir de ese momento que Caroline empezó a investigar todo lo que estaba al alcance de su mano, sobre Mollie, las estancias inglesas de aquella época y la Patagonia. Con pasión, echando mano a todos sus conocimientos de una lengua materna un tanto en desuso se comprometió con una tarea excitante: la traducción al español de las memorias de aquella inglesa. Esa misma pasión la impulsó a estudiar todo cuando pudiese encontrar sobre historia, características sociales y paisajes de la Patagonia, y así se conectó, vía Internet, con un argentino que pasó algunos años de su vida en Maquinchao y ahora vive en Nepal, allá por la India. Este argentino- hindú, que se llama Marcelo Sánchez, asistió en Buenos Aires en 2007 a la feria del Libro en Buenos Aires y trabó relación Ramón Minieri, cuando presentaba “Ese ajeno sur”.
Muy poco tiempo después Caroline tuvo un ejemplar de la obra, allá en la muy británica ciudad de Bristol, donde vive. Comenzó sus correos electrónicos con Ramón y, tal como se contó al principio, realizó lo que ella llama “la gira Hobson” con el acompañamiento del historiador.“La traducción la terminaré aproximadamente en unos cuatro meses, porque trabajo en un hospital hasta las 6 de la tarde todos los días, así que lo hago un rato en casa por las noches y los fines de semana. Pero después me queda por indagar un poco más. Existen agujeros bastante grandes en la historia de la familia (el fallecimiento del padre es el más importante), y no sé cuánto tiempo necesitaré para esto, algunos meses más, quizás” le contó Caroline a este cronista, en conexión por correo electrónico.Sobre el viaje por los escenarios donde vivió Mollie hace 90 años sostuvo que “los describió realmente bien, menos en un aspecto: escribe sobre la sequía, el calor, el viento, pero me parece que por los años 20 los mallines (en la región de Huanuluán al menos) eran más verdes, había ojos de agua y pantanos. Cuando visité Huanuluán en mayo de 2008 es cierto que el potrero de la entrada estaba parcialmente inundado, pero me chocó la extrema sequía por todas partes”“Pero aparte de esto, sí, era tal como me la había imaginado: enormes bóvedas celestes durante el día y alfombras de estrellas que llegaban al infinito por las noches. Para ver lo que es la Patagonia, o bien te tenías que agachar y verla a 50 centímetros del suelo, y con paciencia veías su belleza; o bien desde el otro extremo, fijarte en la lontananza, observar los hermosos y milenarios contornos. También podías quedarte quieta y apreciar el silencio, que te obliga a confrontarte con vos misma. ¡Pero no hubo viento, y yo quería sentir ese viento tan famoso! Otra vez será, lo espero fervorosamente.”Añadió que “los patagónicos que conocí fueron increíbles, como la gente de mi niñez cuando daba por sentado que todo el mundo era bondadoso y compartiría todo conmigo. Hacía mucho, pero mucho, que no estaba con gente que, aunque extraños, me trataban como si fuera de la familia; y que, además, no teniendo mucho para ofrecer, me lo ofrecían, o me ayudaron como pudieron. Todo eso me conmovió mucho”.
El testimonio de Ramón
Ramón Minieri, que ha estudiado con rigor documental el régimen de dominación colonial de las estancias británicas en la Patagonia, encontró un punto de vista diferente –ingenuo, infantil y al mismo tiempo rico en matices- en el relato de Mollie y en la recuperación de ese texto que realiza Caroline.
“Yo aliento a Caroline en cuanto a la traducción porque conocer estos materiales enriquece nuestra miradas sobre la Patagonia, sobre esta relación colonial que existió entre Argentina y Gran Bretaña, particularmente en la Patagonia; y sobre la vida concreta de la gente, que es lo que en historia uno siempre anhela. Casi sin querer iniciamos un vaivén en el cual ella traduce un capítulo y me lo envía para ver qué me parece; y discutimos algunos matices sobre el uso de ciertas palabras, porque una cosa es el español de diccionario y otra es el lenguaje campero. La expresión ‘lata de esquila’ por ejemplo, se capta cuando se vive en la región y no la entiende el que viene de afuera”
“Cuando me consultó sobre su viaje hacia el sur, para recorrer los mismos lugares donde vivió Mollie, decidí acompañarla, porque yo también tenía ganas de visitar las estancias. Es la cuestión de los distintos niveles de la visión histórica, por allí yo a través de la documentación percibo la visión de la empresa, del gran capital británico, de la gente más adinerada de Inglaterra, que era accionista de estas firmas. Y por el otro está la visión inocente de una nena como Mollie, que ya de grande y puesta a escribir sólo quiere recordar su infancia, y añora 50 años después lo que para ella era una fuente de gozo. Hay una relación humana directa, de cómo la nena inglesa podía relacionarse y entenderse con el indígena que estaba trabajando en la estancia, por ejemplo.”
Un momento muy emotivo del viaje a lo que queda de la estancia Talcahuala, recordado por Minieri, “fue cuando recorrimos una avenida de tamariscos que describe Mollie en el libro y buscábamos la casa originaria sin verla, pero de pronto me asomé a un baldío contiguo a la casa actual y descubrí una típica construcción de esas de madera y chapa que venían desde Inglaterra listas para armar, muy abandonada pero intacta” (tercera foto, arriba).
La punta del ovillo
El encuentro entre los tres protagonistas de esta historia conforma una madeja apretada de sentimientos y experiencias, perspectivas distintas para apreciar una misma realidad, compleja y seductora, teñida por el color de la nostalgia, sugerente y mágica por momentos. La punta del ovillo se puede encontrar en el número más reciente de esa magnífica publicación periódica que se llama “El Camarote”. Allí aparecen un interesante artículo de Caroline Holder sobre su encuentro con “The sand, the wind and the sierras, days in Patagonia”, y el viaje posterior por la región sur ¡sorprendentemente sin viento! También hay fragmentos escogidos del libro de Mollie Robertson, como para quedarse con ganas de leer muy pronto la traducción completa.


martes, 3 de febrero de 2009

Un viaje, muchas emociones, una síntesis

Como en el blog se lee desde lo más reciente hacia lo más antiguo (en orden a la publicación) les anticipo a mis lectores que este apunte es, en realidad, el final de un recorrido por el cuaderno de apuntes y la carpeta del archivo digital fotográfico del viaje que, durante algunos días del mes de enero de 2009, realizamos Dalia y yo por una parte de la enorme geografía de la provincia de Santa Cruz.
Quienes se internen en el blog podrán encontrarse con fotos y comentarios sobre distintos puntos que tocamos en el itinerario. Fue una excursión breve (8 días) pero intensa. Desde Carmen de Patagones le pegamos hasta Caleta Olivia, en donde hicimos la primera noche; al día siguiente a media tarde estábamos en El Calafate. Allí nos instalamos durante otras dos noches ¡en carpa, para no despedazar nuestro modesto presupuesto viajero! Después recalamos otras dos noches en Comandante Piedra Buena, y le dedicamos las dos jornadas al pueblo de Los Antiguos (aquel que "apareció" en los mapas como consecuencia de la lluvia de ceniza volcánica, en 1991). La última jornada fue de retorno a casa. No es mucho, claro, para quienes están acostumbrados a periplos de extramuros marítimos o largos recorridos de travesías selváticas.
La intención de esta página web es contar y mostrar, desde mi enfoque personal. Con el poco (o mucho) oficio de cronista que tengo. Les propongo que le metan con el mouse y se introduzcan en el blog, con toda confianza.
Como una especie de síntesis me permito hacer esta reseña, de lo mejor y lo peor que pude encontrar.
Lo mejor: el paisaje del glaciar Perito Moreno, el avistaje de distintos ejemplares de la fauna silvestre, alguna gente, los cielos y los horizontes, el silencio de la inmensidad.
Lo peor: las ciudades sucias y sin personalidad (como Río Gallegos y Comodoro Rivadavia), alguna gente, el viento arisco, el abandono de las estancias y del ferrocarril patagónico.
Esto es todo. Es el principio del blog, pero es (inversamente, ¡qué cosa!) el final de mi recopilación sobre esta experiencia. Tal vez, en otro momento, incorpore otras crónicas.


Un prodigio de formas y color, el glaciar Perito Moreno. Un recuerdo imborrable en nuestra bitácora. Una imagen como síntesis.



Un joven guanaco ("chulengo" que le dicen) se asoma por arriba del farallón y nos espía.



En las inmensas (y ventosas) playas de Rada Tilly ando yo estirando un poco las piernas, en una pausa de la larga travesía del regreso.