jueves, 21 de julio de 2016

Cuadernos de Estambul, 2: Una ciudad maravillosa, con mucho para ver

Estambul es la gran vidriera del intercambio comercial entre dos continentes, Europa al oeste y Asia al este, separados por el luminoso Bósforo que vincula los increíblemente quietos mar de Mármara y Negro .Luces y misterios, historias que se remontan a los tiempos de Bizancio y Constantinopla, emperadores y sultanes, el mundo Ottomano, el recuerdo del fantástico Orient Express, cielos empinados por la multiplicidad de minaretes que elevan oraciones de mezquitas y tradición musulmana.

Las mañanas de Estambul son bulliciosas en los bazares, donde predomina el sano deporte del regateo; las tardes se reclinan en el inmenso atardecer que se aprecia mágicamente desde la torre Galata, y en las caminatas por las avenidas costeras, juveniles y divertidas;  las noches están pobladas de la magia de infinitos bares en donde brota la música perfumada con el exquisito café turco y las confituras más seductoras, conjurados en la prolongación de las charlas.





El cronista patagónico, extasiado en la observación de la belleza amable de las mujeres turcas, casi es arrollado por el tranvía histórico que atraviesa la céntrica peatonal.



Es imprescindible el recorrido y visita a una serie de monumentos históricos. La mezquita Azul nos deja boquiabiertos con la altura de 43 metros en su cúpula central, inaugurada en 1616 , después de muchos años de trabajos dirigidos por Sedefkar Mehmet Ağa, discípulo del arquitecto Sinan, “el Gaudí turco, salvando los tiempos”, según nos dijo nuestro guía,  responsable de las más monumentales y bellos templos del rito musulmán. 
Pero hay que recuperar el aliento para internarse, después,  en  Santa Madre Sofía o Hagia Sophia,  construida durante el mandato de Justiniano entre los años 532 y 537 y considerada una de las obras maestras del arte bizantino. Este templo de descomunales dimensiones (la sala central mide 70 metros de largo por 74 de ancho) y cúpula interior a más de 50 metros de altura, fue entre 1204 y 1261, la iglesia del Papa y basílica patriarcal ortodoxa, considerada como el ejemplo más logrado de la arquitectura bizantina . En 1453, cuando se produce la caída del Imperio Bizantino, o Romano de Oriente (fecha tomada como final de la Edad Media) es convertida en mezquita, y son ocultados muchos de los signos religiosos católicos. Finalmente, en 1935, fue cerrada como mezquita y convertida en el museo que sigue siendo hoy, con la visita de dos millones de visitantes al año.
Los palacios de Topkapi, Dolmabache y Beylerbeyi son ricos y bellísimos exponentes de la magnificencia y poderío del imperio Ottomano, a través de sus varios siglos de duración, con el sometimiento y explotación de enormes extensiones de medio oriente que aseguraban incalculables riquezas a la familia imperial. El derroche de lujo que puede observarse en los detalles de sus construcciones causó un fuerte impacto en el cronista patagónico, despertando un sentimiento casi hosco. ¿Cómo ha sido posible que una élite gobernante viviese rodeada de tanta fastuosidad sabiendo que a pocos kilómetros de distancia el pueblo subsistía en condiciones de miseria y violencia?
El ejemplo de los sultanes turcos no resulta muy edificante. Los sistemas de seguridad (y el negocio de las tiendas de suvenires) impiden sacar fotos en los interiores de Dolmabache  que es una especie de réplica de Versailles. Cito a la dudosa Wikipedia: “fue construido en tiempos del sultán Abd-ul-Mejid I entre 1842 y 1853, con un coste de cinco millones de libras de oro otomanas, el equivalente de treinta y cinco toneladas de oro. Catorce toneladas fueron usadas únicamente para adornar el techo en el interior del palacio. La mayor araña de cristal de Bohemia, un regalo de la reina Victoria, está en la estancia central. La araña tiene setecientas cincuenta lámparas y pesa cuatro toneladas y media. El Dolmabahçe tiene la mayor colección de candelabros de cristal de Bohemia y Baccarat; también la Escalinata de Cristal posee balaustres de cristal de Baccarat.”.
Tampoco se pueden fotografiar  las salas interiores de Beylerbeyi , que era el palacio de verano, levantado en 1860, con dimensiones menos extravagantes.
El Topkapi, en cambio tienen algunas salas en las que es posible tomar fotos. Se  trata de una ciudadela levantada entre 1459 y 1465, con funciones de lugar de residencia fortificada para los sultanes y sus visitantes, colaboradores y sirvientes, además del imprescindible harem (que también puede visitarse en los palacios mencionados antes) y las exposiciones de los increíbles regalos que recibían los emperadores por parte de los jefes de Estado de Europa y Asia. Allí, en un ambiente excesivamente oscuro y sin la señalización adecuada se exhibe el diamante  el diamante Topkapi, que, con forma de cuchara -pero sin mango- ocupa la quinta posición entre los de mayor peso en el mundo, gracias a sus 84 kilates.
El cronista patagónico quedó sinceramente abrumado ante el  impúdico muestrario de tantas riquezas.
Pero los turcos son amables, buenos anfitriones que disfrutan de los gestos gentiles. En los comercios (sobre todo en los bazares) los empleados se esmeran en parlotear español. Sin disimular los ancestros machistas de su cultura le conceden atención privilegiada al varón que llega acompañando a su esposa. Lo invitan a sentarse en un cómodo sillón y le ofrecen te o café (exquisitos en todos los casos) para que descanse mientras su mujer se prueba vestidos o pañuelos, o admira joyas y otros utensilios.  ¡Pobres, ignoran que en nuestras costumbres mercantiles la mujer argentina goza de absoluta independencia y, muchas veces, tiene más autonomía de tarjeta de crédito que su hombre!

























Otros dos sitios muy interesantes en el entorno de Estambul. La iglesia de San Salvador de Cora (Chora, pronuncian los turcos) es uno de los mayores monumentos bizantinos del mundo, con sus maravillosos mosaicos  representando los momentos más significativos de la historia de Jesús y la religión católica. ¡Cuesta creer que una ciudad mayoritariamente musulmana se conserven esas reliquias! ¡Y aún más sorprendente fue que nuestro guía, Mete Babila, bien musulmano él,  nos hiciese un consistente y consustanciado relato sobre las escenas bíblicas recreadas en el fino arte del mosaiquismo entre 1315 y 1321, por las manos anónimas de artistas ubicados en la corriente del Renacimiento!
Por último, hay un café ubicado en lo alto de la colina del barrio de Eyup, en las afueras de Estambul, con una vista resplandeciente del Cuerno de Oro (un brazo del Bósforo) y el recuerdo del escritor, navegante y  trotamundos Pierre Loti (francés), que allá por los años dorados de la bohemia (1880-1910) se sentaba allí a admirar el paisaje y escribir. El sitio respira intelectualidad, y el café es riquísimo.
Ya se sabe que las noticias terribles sobre atentados y alzamientos militares le han otorgado muy mala fama a Estambul, en estos últimos tiempos. Hago votos para que se superen las hostilidades que dan lugar a estropicios tan graves como el ocurrido en el gigantesco aeropuerto Atatürk, hace pocas semanas. También repudio la violencia de la insurgencia militar. Porque esta ciudad merece ser visitada y vivida en paz.









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