domingo, 26 de mayo de 2013

Cuadernos de España: Sevilla honra la memoria de los poetas

Honrar la memoria de los poetas, de eso se trata. Aquellas ciudades que se reservan algún espacio para ese tipo de homenaje se distinguen y prestigian, para adentro, y también para afuera. El cochero que llevaba al Cronista Patagónico por las avenidas interiores del Parque de María Luisa, en Sevilla, hacia la sorprendente Plaza España, iba anunciando los hitos del recorrido, con cierta monotonía propia de la repetida ceremonia. Pero sin embargo pareció que su tono adquirió mayor solemnidad cuando pasó por las cercanías del monumento al poeta insigne y señaló que “aquí está la estatua de Gustavo Adolfo Bécquer, poeta romántico sevillano…”; y remató, por si acaso los pasajeros no escucharon bien: “Gustavo Adolfo Bécquer”. La obra escultórica, en medio de frondosa arboleda, presenta la figura del vate en un busto de medio cuerpo sobre una pilastra clásica y envuelto por una capa española plegada sobre el hombro izquierdo a modo de una clámide griega. Allí cerca, a la izquierda, toca la pilastra la figura de un Cupido, esculpido en bronce, que dispara sus flechas; en tanto a la derecha del poeta está representado el mismo Cupido, ya adulto, herido de muerte por sus propias flechas. Sentadas sobre la base del conjunto escultórico se encuentran, en mármol blanco, las figuras de tamaño real de tres mujeres jóvenes. Cada una de ellas tiene un gesto diferente, como para que el espectador pueda reconocer la ilusión en el amor por llegar, la plenitud del amor que se vive, y la tristeza del amor que se acabó. Es muy común que alguna mano anónima deje sobre el regazo de cada una de las damas enamoradas una flor de homenaje. Podrá ser roja, rosada, amarilla o celeste, pero siempre tendrá la misma intención: rescatar la esencia del amor. Los pájaros se adueñan del follaje del antiguo ciprés (dicen que fue plantado en 1850 y todavía vive) que le da sombra permanente a Bécquer, sus cupidos y las tres ninfas románticas. Nadie que alguna vez haya suspirado versos de Bécquer puede pasar indiferente por este sitio, es como abrir una puerta y encontrarse con la esencia de un pasado de sentimientos ingenuos. Tenía razón el cochero, al advertir la importancia de la obra.


A unas diez cuadras de distancia del grupo escultórico en homenaje a Bécquer, entre la plazoleta de la Puerta de Jerez y los Jardines de Cristina, el Ayuntamiento de la ciudad inauguró, hace unos pocos años, una moderna fuente de mármol con una leyenda -todo a lo ancho y sobre la caída del agua- que no deja lugar a dudas sobre su intención y dice: Sevilla a los poetas de la generación del 27. Allí mismo, por encima de una suave cascada, descansa con placidez una joven mujer de molduras abundantes, toda desnuda ella, con la cabeza apoyada en el brazo izquierdo, una tierna sonrisa entre labios y un libro abierto casi sobre el borde de la fuente y a unos pocos centímetros de sus armoniosos pechos. Quizás la contemplación de esas bellas tazas distrae al espectador masculino, que no repara todo lo debido en la alegoría que relaciona a la atractiva lectora con los versos que, está implícito, fluyen de las páginas como fluye el agua misma de una vertiente inacabable. Pero ¡vale!: la poesía nos sorprende allí en ese rincón sevillano, donde algunos breves fragmentos literarios han sido cincelados en el mármol. Jorge Guillén, uno de los protagonistas de aquel grupo que se dio en llamar “la generación del 27”, está evocado así: “Un recuerdo de viaje queda en nuestras memorias. Nos fuimos a Sevilla (…) concluyó la excursión. Juntos ya para siempre” y un aire de nostalgia se instala en el cielo de Sevilla, decorado por el canto de los ruiseñores.

Desde la fuente arranca un paseo consagrado a los poetas. Entre los setos sobresalen importantes trozos de granito donde se pueden leer versos escogidos de algunos de los autores del mentado movimiento. Joaquín Romero Murube que proclama su Armonía: “Está la rosa, y el ciprés en el agua, en el filo celeste de lo bello; mínimas brisas ponen en sus hojas un latir de llamadas y destellos”. Pedro Salinas advierte sus Presagios: “El río va a su negocio, corre que te correrás. De cuando en cuando, en la orilla, hay una moza que sale (Gelves es la moza humilde, Sevilla la del linaje) a ofrecerle el corazón si el río quiere pararse. Pero el río va a su negocio y no se casa con nadie”. La sombra y unos coquetos bancos metálicos invitan al descanso. El Cronista Patagónico cierra los ojos y sueña con un hipotético jardín de los poetas en algún rincón de la costa sobre el gran río Negro, allá en Viedma o Carmen de Patagones; piensa: qué lindo sería dejar huellas de poesía casi sobre la línea de la marea, para que las aguas que bajan frescas de los Andes recogieran al paso algunas palabras calientes rumbo al Atlántico.

En un rincón está Gerardo Diego para contar que “Me estás enseñando a amar. Yo no sabía. Amar es no pedir, es dar noche tras día. La noche ama al Día, el claro ama a la Oscura. Qué amor tan perfecto y tan raro. Tú mi ventura. El día a la Noche alza, besa sólo un instante. La Noche al Día –alba, promesa- beso de amante. Me estás enseñando a amar. Yo no sabía. Amar es no pedir, es dar. Mi alma, vacía”. Y Federico, el enorme García Lorca, que también fue de aquel selecto grupo del 27, tiene apenas seis versos estampados en piedra en el paseo de los poetas de Sevilla, tomados de la Baladilla de los Tres Ríos: “Para los barcos de vela, Sevilla tiene un camino; por el agua de Granada sólo reman los suspiros. Ay, amor, que se fue y no vino!”. Tal vez es muy poco espacio para Federico, pero alcanza la sugerencia y el Guadalquivir, allí a unos pasos debajo del puente de San Telmo, suspira agradecido.

Honrar la memoria de los poetas, de eso se trata. Aquellas ciudades que se reservan algún espacio para ese tipo de homenaje se distinguen y prestigian, para adentro, y también para afuera. Sevilla alcanza el cometido.

La generación del 27 puede ser considerada como un punto de inflexión en la poesía española del siglo 20. Se agrupan bajo esa denominación un conjunto de escritores que por entonces rondaban entre los 30 y los 40 años, y fueron partícipes del homenaje a Luis de Góngora, promovido por el Ateneo de Sevilla en ese año de 1927 por el tercer centenario de su muerte. A partir de ese encuentro comienzan a compartir ediciones y revistas, se acompañan mutuamente en sus presentaciones y proclaman, en el mundo literario hispanoamericano, una estética basada en el equilibrio entre lo romántico y lo clásico, en la búsqueda de nuevos caminos. De la generación del 27 forman parte, también, Rafael Alberti (casi argentino) y Miguel Hernández, pero se extiende a Vicente Aleixandre y el Salvador Dalí de la escritura. El movimiento trasciende las fronteras españolas y en Latinoamérica gana adeptos como Pablo Neruda y el primer Jorge Luis Borges. Dámaso Alonso, otro exponente “del 27”, escribió:

“Imagen de la vida: un grupo de poetas, casi el núcleo central de una generación, atravesaba el río. La embarcación era un símbolo: representaba los vínculos y contactos personales que ligan a los miembros de un grupo en conjunta florescencia: la amistad, el compañerismo, los compartidos sentimientos, los mutuos influjos... La cuerda guiadora era el designio de Dios, la proyección teleológica que lleva hacia una meta la actividad de una hornada de hombres, contando con la fuerza de la riada (que Él mismo también impulsa), pero a través de la riada... ¡Quién nos había de decir, Federico, mi príncipe muerto, que para ti la cuerda se había de romper, brutalmente, de pronto, antes que para los demás, y que la marea turbia te había de arrastrar, víctima inocente! Tú tenías como ninguno la risa alegre, la gracia genuina que a todos impregna y hace desarrugar el ceño más plegado; la sal de España se había concentrado en ti, apurada y avivada a lo largo de lentísimas eras; pero de vez en cuando te salían esos aullidos animales, terror oscuro que venía ¿de dónde?, ramalazos de un difuso presentimiento. Patente está por todas partes en las imágenes oníricas de tu obra; pero sólo a veces atravesaba como un relámpago las risas de tu amistad, las facecias de tu genial juglaría. ¡Aquel pavor tuyo de la barca...!

Eso era por los mediados de diciembre de 1927. El viaje a Sevilla había surgido de una invitación del Ateneo de esa ciudad. Y todo, en realidad, se debía al cariño (y sospecho que también a la esplendidez) de Ignacio Sánchez Mejías. Nos habían aposentado en las mejores habitaciones de un hotel que nos pareció regio. Cuando se terminó, digamos, nuestra contrata, decidimos prolongar algunos días más nuestra estancia en Sevilla, y fue cuando ajustamos cuentas y vimos que en aquel hotel eran sólo las alturas lo que les iba bien a nuestros menguados fondos. (¿No acababa yo de hablar en el Ateneo sobre La altitud poética de la literatura española?). Abandonamos, pues, las suntuosidades del principal y nos instalamos ascéticamente en la buhardilla. Nosotros mismos nos subimos nuestros bártulos (ya no éramos huéspedes importantes). Subía Federico con sus trastos, muy solemnemente, como en una ascensión ritual, y cada pocos escalones se detenía para gritar, con voz muy fuerte, dolorida, lúgubre: «¡Así cayó Nínive! ¡Así cayó Babilonia!».

Los días anteriores habíamos dado nuestras sesiones poéticas —conferencias, lecturas de versos— ante reducido público. Tenían lugar ya bien anochecido. Después nos sumergíamos profundamente (hasta el amanecer) en el brujerío de la noche sevillana. Dormíamos desde la salida del sol hasta el crepúsculo vespertino. Sólo en viajes posteriores he visto la Giralda a la luz del día.

Recuerdo esos trazos, que el tiempo ya quiere borrar de mi memoria, porque mi idea de la generación a que (como segundón) pertenezco , va unida a esa excursión sevillana. Los que hicimos el viaje fuimos Guillén, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Federico, Bergamín, Chabás y yo. Es evidente que si tomamos los cinco primeros nombres (el de Bergamín, como prosista muy cercano al grupo) y añadimos el de Salinas, que no sé por qué causa no fue con nosotros, y el de Cernuda, muy joven entonces, que figuró entre el auditorio (pero de quien también se leyeron poemas en aquellas veladas) , y el de Aleixandre, que no había publicado aún su primer libro, tenemos completo el grupo nuclear, las figuras más importantes de la generación poética anterior a nuestra guerra. (No: hay que mencionar aún el del benjamín, Manolito Altolaguirre, casi un niño, que allá, en Málaga, fundaba ese mismo año la revista Litoral, y el de su compañero Emilio Prados.) Toda generación tiene límites difuminados y brotes epigónicos y reflorescencias. La nómina principal de la mía está en los poetas mencionados. De los cuales, la mayoría en activo por entonces, fue a aquella excursión sevillana: la generación hacía así su primero y más concreto acto público.” (Dámaso Alonso)



¿Verdad que bien merecido está el homenaje de Sevilla a los poetas de la generación del 27? Adecuado regalo el de las bellas formas de la lectora de mórbidas tentaciones, sobre la fuente de aguas claras como la poesía que practicaban aquellos escritores. ¡Se habrán inspirado en hermosas muchachas españolas de ese talante muchos de los autores de esa época! Honrar la memoria de los poetas, de eso se trata.












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