martes, 22 de noviembre de 2011

Otra vez por Ministro Ramos Mexía




El cronista volvió a la localidad de Ministro Ramos Mexía, situada casi en el centro geográfico de la región sur de la provincia de Río Negro. Las frescas alamedas y las rudas rocas basálticas convocaron, una vez más, con policromía y misterios, en el “bajo” del Corral Chico. Las historias fluyeron otra vez, con nuevos enfoques.

Ezequiel Ramos Mexía fue ministro de Agricultura, primero, y de Obras Públicas después, de los gobiernos de Julio Argentino Roca, José Figueroa Alcorta y Roque Sáenz Peña. Su principal aporte fue el plan de fomento de los Territorios Nacionales de la Patagonia, sobre la base de la construcción por parte del Estado Nacional de una red de ferrocarriles que cruzaban desde el mar hacia la cordillera de los Andes. La línea del Estado de San Antonio Oeste a San Carlos de Bariloche, que comenzó a extenderse en 1910 y recién culminó en 1934, formó parte de esa infraestructura, diseñada para el desarrollo económico y social de la región. No faltan los críticos que le adjudican a Ramos Mexía una actitud servil ante los capitales británicos que enajenaban nuestra riqueza, libres de impuestos. Hubo, sin embargo, antológicos enfrentamientos entre el ministro y miembros del Congreso Nacional íntimamente vinculados a la oligarquía terrateniente (anglófilos al extremo) que cuestionaban el plan de los ferrocarriles y lo calificaban como “obra faraónica y desmesurada para los pocos habitantes que serán beneficiados”. Podemos poner reparos en la filosofía “progresista” de Ramos Mexía, sobre todo cuando señalaba en sus escritos que “la segunda campaña al Desierto, después de la militar, es la del ferrocarril”; pero no se le puede negar que trabajó con pasión para que los rieles surcaran estas enormes distancias patagónicas, sembrando poblaciones que –como ésta que lleva su nombre- constituyen establecimientos humanos de importancia.

Antes del tren
Pero en el caso que nos ocupa los asentamientos son muy anteriores a la llegada del ferrocarril y la “fundación oficial” del pueblo en el año 2010. Prueba de ello son los valiosos restos arqueológicos ubicados en el “bajo” o Corral Chico, estudiados por el arqueólogo Carlos J. Gradín en un capítulo del libro “Arqueología de Río Negro”, editado por la Secretaría de Estado de Acción Social de la provincia, en el 2003.
Gradín lo denominó “Manantial Ramos Mexía” y escribió lo siguiente, en 1999. “El paraje donde se halla ubicado este sitio arqueológico es bien conocido desde antigua data por los pobladores de la zona debido al poco común manantial que lo caracteriza, que provee 6.000 litros de agua por hora al pueblo y a los trenes del ferrocarril que pasan por la estación Ministro Ramos Mexía”.
“Conocido antes como Corral Chico o simplemente El Bajo el paraje se halla a unos 3.000 metros de distancia hacia el Noroeste del pueblo, al que está vinculado por una huella que cruza el arroyo nacido en la vertiente que se halla al pie de la barda y que alcanza, formando una pequeña laguna, hoy día seca, ubicada unos 3.000 metros más adelante hacia el Este. (En la actualidad el nuevo trazado de la ruta nacional 23, pavimentada, pasa al costado del bajo, nota del cronista) Sin duda esta vertiente debe estar allí, al pie de una formación basáltica, por lo menos desde el comienzo del Holoceno y es probable que haya tenido una mayor actividad en el pasado, que fue declinando a medida que aumentaba la aridez de la zona, tal como sucede en gran parte de la Patagonia”.
La descripción del especialista continuaba así. “El mencionado bajo tiene una diferencia de nivel de aproximadamente 20 metros con respecto a la planicie que lo rodea. Al centro del bajo o depresión se levanta un morro o testigo respetado por la erosión. Tanto en éste, como en el bajo y en el filo de las bardas, hallamos una serie de sitios arqueológicos, con parapetos o corralitos y, en algunos casos, material lítico y arte rupestre”.
Tras el riguroso detalle de las pinturas y restos de parapetos habitables (o tal vez sitios de acecho para la caza de guanacos) Gradín sostenía que “el sitio debió haber sido ocupado desde hace mucho tiempo, tal vez desde principios de la era, o más, por grupos de cazadores recolectores que aprovechaban la fauna (especialmente el guanaco) y la abundante flora local, gracias a la excepcional vertiente existente en el lugar”.
También observó una serie de pircados (montículos de piedras colocadas unas sobre otras) parcialmente removidos; y comentó al respecto que “la gente de la zona interpreta esos pircados como chenques (enterratorios) removidos, que al retirarles las piedras que los formaban habrían dibujado un círculo. Por mi parte pienso que se trata de parapetos, tal vez habitacionales, pues en ellos se encuentran pequeños fragmentos de hueso, posiblemente de guanaco, muchos desechos de talla y fragmentos de alfarería”.
Durante esta reciente visita al Bajo de Ramos Mexía este cronista contó con el acompañamiento de Juan Pablo Veggia, integrante de la familia Veggia que es responsable del emprendimiento “Tunquelén” (Lugar de Descanso). El joven, entusiasta y ágil guía, también suscribe la hipótesis de que esos pircados eran tumbas indígenas; y en un punto alto de la barda (desde donde la vista panorámica es maravillosa) su padre Marcelo y él mismo levantaron un mojón de piedras “como un homenaje y desagravio a los antiguos habitantes del Corral Chico”. Por encima de las interpretaciones arqueológicas el gesto es emotivo y muy valioso.
Con la misma actitud respetuosa Juan Pablo llevó a los visitantes hasta las pictografías ubicadas en el morro. La intensa luz del atardecer permitió observar formas geométricas que guardan secretos hoy imposibles de traducir. ¿Son sólo marcas de referencia, se trataba de contar alguna historia, servían para orientar a los visitantes? Interrogantes que no tienen respuesta. Lo lamentable es que no haya ninguna forma de protección y que, cada tanto, alguna mano anónima e irresponsable realice algún daño contra ese patrimonio cultural de enorme valor.

La campoterapia
El paisaje natural, las pinturas rupestres, los pircados, la abundancia de pájaros de diversas especies (entre ellas las grandes bandadas de jotes que usan las bardas y arboledas como dormitorio) son atractivos muy fuertes en el Corral Chico. Pero se agrega ahora la posibilidad de vivir una reconfortante experiencia, que es la “campoterapia”. ¿De qué se trata? Pues, sencillamente, de pasar un par de días, con pernocte incluido, en ese marco pleno de encanto agreste, donde el silencio sólo es alterado por el soplido del viento y el canto de las aves. En “Tunquelén” hay ahora cabañas, con capacidad para 2 a 4 personas; y se agrega también el servicio de desayuno, almuerzo, merienda y cena, con platos auténticamente caseros que elabora Carla, la esposa de Marcelo y mamá de Juan Pablo.

Historias de la estación
Ya se dijo que la llegada del tren significó, allá por 1910, un cambio absoluto para Corral Chico. La economía de la región recibió un espaldarazo, con la posibilidad de recibir y enviar cargamentos a través del ferrocarril, cuya empresa se convirtió en una de las principales fuentes de empleo en el incipiente pueblo. Cuando, ya hacia los años 30, los servicios de trenes de carga y pasajeros circulaban con regularidad, la estación de Ramos Mexía creció en importancia, pues era el punto de relevo de la dotación de maquinistas y de revisión de las formaciones. Se estima que unos 60 operarios estaban radicados en forma permanente, para quienes se contaba con un conjunto de viviendas individuales y colectivas, en las llamadas “colonias ferroviarias”.
El actual representante unipersonal del Tren Patagónico en Ramos Mexía es el “Brujito” González, locuaz y bien predispuesto a la charla con el periodista. En horas de la madrugada, mientras esperaba la llegada de la formación procedente de Viedma y con destino a Bariloche, González desenrrolló su historia personal (“hace 35 años que estoy en el ferrocarril, que ha sido siempre mi vida”) y recordó los tiempos de mayor esplendor del servicio (“pasaban hasta cinco trenes por día, para arriba y para abajo, teníamos a veces tres formaciones en la estación, ubicadas en las distintas vías”); al tiempo que ratificaba que “el tren puede ofrecer un servicio incomparable, tanto para pasajeros como para cargas, sólo hacen falta algunas mejoras y equipamiento”. “Me gustaría que las nuevas autoridades del Ferrocarril escucharan mis opiniones” confió también.
La tranquilidad de la noche fue propicia para que el Brujito explicara con lujo de detalles los antiguos sistemas de seguridad del ferrocarril, tales como aquella máquina que extendía el palo de control, o las líneas telefónicas internas; y mostrara también una prodigiosa colección de antiguos boletos de cartón impresos para viajar desde Ramos Mexía hacia cualquier punto de la línea.

El paso de Perón y Evita
En abril de 1950 el anden de la estación ferroviaria de Ramos Mexía fue el escenario del encuentro entre el presidente Juan Domingo Perón, su esposa Evita y la gente del pueblo. El episodio le fue contado al cronista, hace muchos años, por el querido maestro Juan Carlos Tassara, recordando que cuando el presidente y su compañera pasaron en viaje de ida (el destino era la ciudad andina, en donde Perón inspeccionaría los misteriosos trabajos del pseudo científico Richter) se le ocurrió escribirles para pedirles que el gobierno construyera una escuela confortable a cambio del rancho que usaban para dictar clases. ¡Lo que Tassara, su esposa Teresita Guidi y los alumnos no se podían imaginar es que los ilustres visitantes se interesarían por el pedido y dispondrían que el tren parara algunos minutos en este pequeño paraje sureño!. La historia de aquella jornada, con el testimonio del ex ferroviario Juan Wollweiler (que tenía 12 años por entonces), será narrada en una nota especial, dentro de algunos meses. Ramos Mexía guarda vestigios de un pasado muy rico, desde las pinturas rupestres del Bajo hasta la escuela primaria que mandó construir Perón. Es un pueblo cálido, donde vale detenerse.

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