miércoles, 20 de julio de 2011
Misterios de la cultura mochica, hace más de 1.500 en el antiguo Perú
El pasado cultural del Perú ancestral no se limita, como se puede creer erróneamente, a la cultura del Tahuantinsuyu y sus jefes máximos: los incas, que se desarrollaron entre los siglos 15 y 16. Hay antecedentes mucho más remotos como los mochicas, que comprenden distintas etapas históricas entre los años 100 al 800, unos 1.500 años antes del presente. Llama la atención, cuando uno se pone a leer sobre los "mochas", ubicados geográficmente sobre la costa norte peruana, que recién hace poco más de 100 años (hacia 1909) comenzaron a conocerse sus restos arqueológicos y empezó el rescate de uno de sus mayores exponentes: la cerámica. En Lima se encuentra el museo Larco, donde se conservan unas 44 mil piezas, en excelente estado, con representaciones zooformes y antropoformes. Naturalmente llama la atención, despierta curiosidad y estimula el espíritu 'voyeur' del turista, la sala de arte erótico. Las fotos que tomé en ocasión de nuestra vista son una minima demostración expresiva de poses sexuales y grandes falos. No hay exacta coincidencia, entre los estudiosos, acerca de la real motivación de los artesanos que confeccionaron estas piezas. Algunos opinan que había un potenciado culto por lo erótico y por ello este tipo de representaciones; otros creen que se asocian los excesos eróticos con la muerte como una advertencia, y por eso muchas de las figuras muestran a mujeres apareadas con hombres muertos (reconocibles porque sus rostros son calaveras que muestran los dientes); pero también se supone que al representar hombres muertos en el coito (cuando ya no hay posbilidades de reproducción) se está proyectando el deseo de fertilidad del artista. Tal vez, por razones que hoy es imposible comprender, los mochicas tenían baja tasa de natalidad. También es curioso que muchas de estas cerámicas eróticas exhiben la práctica del sexo anal, que las culturas antiguas estimulaban, precisamente, como una forma de evitar el embarazo. Otra cuestión sin dilucidar: ¿estos objetos que son, mayoritariamente, vasijas y jarras, habrán sido usadas en la vida doméstica de los hogares mochicas? En fin: misterios de la cultura mochica. La recomendación: no dejar de visitar el Museo Larco, de Lima, Perú.
lunes, 18 de julio de 2011
Lima, una bella y perfumada ciudad
La Plaza de Armas, amplia y luminosa, acogedora y ruidosa como toda plaza central de una importante ciudad, nos da la bienvenida en el casco viejo de Lima.
La Catedral, imponente y lujosa en su interior revestido de oro. En sus bancos se habrán arrodillado, obedientes, los más conspicuos representantes de la alta burguesía limena (hoy un poquito preocupados por la cercanía de la presidencia Ollanta, de tono nacional y popular, amigo de Evo, de Chavez y de Cristina). Abajo: el panteón que guarda los restos de Francisco Pizarro, jefe de la expedición española que ordenó la muerte del último inca, Atahualpa, en 1634, y comandó el gigantesco despojo de piezas de oro y plata que fueron llevadas a España y fundidas, para que no quedara ningún vestigio de la cultura del Tahuantisuyu.
Abajo: la noche de Lima, luces y sombras, taxistas apurados y desubicados en el plano de la ciudad, pues se pierden en un viaje del casco viejo al sector residencial de Miraflores (equivalente a ir desde San Telmo a Palermo, en el mapa de Buenos Aires), callejuelas populosas y otras silenciosas, una sensación de abierta concurrencia.
Los balcones "de cajón" que son característicos en la Lima antigua. Desde ellos, en el siglo 19, las damas y damitas "bien" se asomaban -protegidas y discretas-para chusmear el andar de los viandantes y la soldadesca.
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La burguesía limeña se asomaba desde lo alto y el pueblo pasaba por debajo. Algún cronista escribió que "las calles de Lima tienen dos pisos".
El bar Cordano, inaugurado en 1905, es el más antiguo de Lima, y está e funcionamiento por un acuerdo entre el gobierno (que compró el inmueble) y una sociedad formada por sus empleados. Dicen que por allí pasó César Vallejo, también Mario Vargas Llosa (que no es popular) y algunos presidentes, además de políticos prominentes. Es como el Tortoni para Buenos Aires, pero más modesto en su aspecto.
La Catedral, imponente y lujosa en su interior revestido de oro. En sus bancos se habrán arrodillado, obedientes, los más conspicuos representantes de la alta burguesía limena (hoy un poquito preocupados por la cercanía de la presidencia Ollanta, de tono nacional y popular, amigo de Evo, de Chavez y de Cristina). Abajo: el panteón que guarda los restos de Francisco Pizarro, jefe de la expedición española que ordenó la muerte del último inca, Atahualpa, en 1634, y comandó el gigantesco despojo de piezas de oro y plata que fueron llevadas a España y fundidas, para que no quedara ningún vestigio de la cultura del Tahuantisuyu.
Abajo: la noche de Lima, luces y sombras, taxistas apurados y desubicados en el plano de la ciudad, pues se pierden en un viaje del casco viejo al sector residencial de Miraflores (equivalente a ir desde San Telmo a Palermo, en el mapa de Buenos Aires), callejuelas populosas y otras silenciosas, una sensación de abierta concurrencia.
Los balcones "de cajón" que son característicos en la Lima antigua. Desde ellos, en el siglo 19, las damas y damitas "bien" se asomaban -protegidas y discretas-para chusmear el andar de los viandantes y la soldadesca.
La burguesía limeña se asomaba desde lo alto y el pueblo pasaba por debajo. Algún cronista escribió que "las calles de Lima tienen dos pisos".
El bar Cordano, inaugurado en 1905, es el más antiguo de Lima, y está e funcionamiento por un acuerdo entre el gobierno (que compró el inmueble) y una sociedad formada por sus empleados. Dicen que por allí pasó César Vallejo, también Mario Vargas Llosa (que no es popular) y algunos presidentes, además de políticos prominentes. Es como el Tortoni para Buenos Aires, pero más modesto en su aspecto.
domingo, 10 de julio de 2011
Machu Picchu y el falso "descubrimiento" que celebra su bicentenario
La ciudadela de Machu Picchu, en el corazón arqueológico del Perú, está de festejo. En este mes de julio se conmemora el centenario del “descubrimiento” por parte de un aventurero norteamericano, Hiram Bingham, que con supuestos fines científicos pero verdaderas intenciones especulativas llegó al sitio y se llevó, para la Universidad de Yale, 46.322 objetos varios, entre piezas de oro, plata y cerámica.
El programa de festejos lo patrocina el gobierno del Perú en alianza con los empresarios turísticos que logran generosas ganancias con los movimientos de los 3.000 visitantes diarios que recibe el emblemático lugar. Muy agradecidos están, por supuesto, los propietarios del Sanctuary Lodge Machu Picchu (Hospedaje del Santuario de Machu Picchu) que a través de una concesión otorgada por el saliente presidente Alan García tiene el monopolio de la explotación del único hotel y restaurante ubicados en la cima de la montaña, a escasos 300 metros de las ruinas.
El mencionado hotel tiene capacidad para unos 80 pasajeros, que abonan unos 200 dólares diarios de promedio; y el restaurante –a sólo 20 metros de las puertas de ingreso a la ciudadela- puede cobijar unos 300 comensales por turno, con servicio buffet (“tenedor libre” le decimos nosotros), a razón de 40 dólares por cabeza. Queda claro que Machu Picchu es un gran negocio; y que de las celebraciones sólo participan los extranjeros visitantes, porque el pasaje en tren hasta el poblado de Aguas Calientes, más el micro hasta la montaña y la entrada estatal al santuario insumen unos 100 dólares, que resultan inaccesibles para el peruano medio con unos 400 dólares de salario mensual.
Estos comentarios no pretenden empañar el derecho que tienen las autoridades del Perú de sacarle buen partido, a través de retenciones impositivas, a la enorme afluencia al Machu Picchu; ni se oculta que más allá del comentado monopolio de la ciudadela el turismo asegura trabajo a miles de personas en hoteles, restaurantes, puestos artesanales y medios de transporte en Cusco, Pisac, Aguas Calientes, Ollantaytambo y otras poblaciones.
Bingham, ese “Indiana Jones”
El asunto del “descubrimiento” encubre una falacia, aunque abrió el camino para que empezara a conocerse universalmente la maravilla arqueológica que se ofrece en las montañas, al borde del río Urumbamba, testimonio incuestionable de la capacidad del Tahuantinsuyu (que quiere decir, en quechua, “las cuatro regiones unidas entre si”).
El supuesto descubridor de Machu Picchu era un aventurero, con disfraz de científico. Se dice que su figura inspiró el personaje de ficción Indiana Jones, que tanto éxito logró en las boleterías de los cines. Llegó al Perú por 1906 tras los vestigios de fortalezas que, según los testimonios de cronistas europeos, albergaban gran cantidad de elementos de importante valor. Numerosos escritos confirman que la población de la región y el propietario de esas tierras, el hacendado Agustín Lizarraga, tenían conocimiento de la ubicación de esas construcciones, pero por respeto por los pobladores originarios y hasta quizás temor de alguna supuesta maldición, no se animaban a profanar el santuario casi totalmente cubierto de vegetación selvática.
Cumplida su exitosa misión Bingham se dedicó a otros menesteres, tales como fundar la escuela de aviación de su país, ser gobernador interino del estado de Connecticut y senador por el partido republicano. Nunca más se le conocieron inquietudes en el campo de la investigación arqueológica y volvió fugazmente a Machu Picchu en 1948, para cuando se inauguró con su nombre la serpenteante carretera que asciende a la montaña desde Aguas Calientes.
La enorme cantidad de piezas que el gobierno peruano de aquel tiempo permitió que se sacaran del país quedaron retenidas en Yale, hasta unas pocas semanas atrás cuando una parte de ella retornó a Cusco, para ser incorporadas al Museo Nacional de Arqueología.
La punta de un gigantesco iceberg
Con la ciudadela de Machu Picchu (“montaña vieja” en quechua) se confirma la teoría del iceberg, en cuanto aquello de que por cada parte que emerge sobre las aguas hay otras siete que están ocultas por debajo. La formidable fortificación, que habría sido lugar de residencia del rey inca y sus allegados más cercanos, llama la atención y sorprende por su espectacularidad y el lugar en donde fue levantada –en la cima de un risco entre dos montañas, en una zona muy lluviosa e inestable desde el punto de vista geológico- pero es una más en un conjunto asombroso de ruinas de enorme valor arqueológico e histórico. Cusco (palabra que se puede entender como “ombligo de la tierra” en la lengua natural) está rodeada por más de 50 enclaves singulares, donde los habitantes del estado andino desarrollaban actividades agrícolas y practicaban sus ritos, profundamente relacionados con la tierra y el sol.
Se estima que el conjunto de unas 200 construcciones de la ciudadela datan de alrededor del año 1440, y que estuvo habitada casi un siglo, hasta la llegada brutal de los españoles y los sucesos de Cajamarca, del 16 de noviembre de 1532, con la caída en cautiverio del inca Atahualpa y su posterior asesinato, por ahorcamiento, para mediados de julio de 1533.
Las sucesivas observaciones del sitio, fundamentalmente a partir de los años 50 de la centuria pasada, cuando los caminos facilitaron el acceso de comisiones científicas, permitieron establecer que el asentamiento está dividido en una zona agrícola, constituida por terrazas cultivadas delimitadas por muros de contención y la zona urbana, donde se desarrollaron las principales actividades religiosas y cotidianas. Las dos áreas están divididas por un muro de aproximadamente 400 metros de largo, paralelo a una acequia que sirve para el desagüe. El sistema de drenaje de las aguas, constituido por 129 canales, es todavía hoy admirado como único. Los edificios fueron construidos teniendo en cuenta fenómenos astronómicos como los equinoccios y están destinados a coincidir con algunas estrellas durante particulares días del año. Casi todas las construcciones tienen un perímetro rectangular y los muros están formados de granito que fue elaborado con hachas de bronce. En el sector alto, denominado Hanan, además de unidades residenciales, está el templo del Sol, utilizado para ceremonias relacionadas con el solsticio de junio; y algunos estudiosos lo consideran como un mausoleo donde se conservó la momia de Pachacutec. En el sector alto, hay un patio cuadrado circundado por construcciones maravillosas: dos templos principales y una casa sacerdotal.
En el sector bajo, llamado Urin, se encuentra un gran edificio caracterizado por una sola puerta de ingreso. De algunos estudios se deduce que se trata de la Acllahuasi o casa de las mujeres elegidas, que se dedicaban a la religión y a la artesanía.
En los cien años siguientes a su fundación, Machu Picchu prosperó. En los alrededores fueron fundados otros asentamientos como Patallacta y Quente Marca, que servían de base para las provisiones agrícolas de Machu Picchu. En los años siguientes a la muerte de Pachacutec, sin embargo, Machu Picchu perdió parte de su importancia, puesto que debió competir con las posesiones personales de otros jefes.
El llamado mundo incaico
El inca era el rey del Tahuantinsuyu, por extensión se habla comúnmente del mundo incaico y no faltaron quienes, con una visión europeizante, lo denominaron el “imperio inca”. Pero ese mundo andino “era demasiado original, distinto y diferente para ser comprendido por hombres venidos de ultramar, preocupados en enriquecerse, conseguir honores o evangelizar por la fuerza a los naturales. Un abismo debía formarse entre el pensamiento andino y el criterio español, abismo que hasta la fecha continúa separando a los miembros de una misma nación” según apunta la historiadora peruana María Rostworowski de Diez Canseco.
La autora, miembro de la Academia Nacional de Historia de su país, afirma también (en su libro “Historia del Tahuantinsuyu”) que la caída del estado inca ante los invasores encabezados por Francisco Pizarro fue producto de una combinación de factores. Había un estado de crisis interna, fundado en el descontento de algunos jefes regionales ante el poder centralizado en Cusco, y estos curacas (señores principales de sus pueblos) dejaron hacer a los españoles, confiando que al derrocar al inca ganarían espacio y poder propio. Se equivocaron y cuando pudieron descubrir el error ya era tarde. La dominación por la fuerza y el saqueo (los invasores se llevaron más de 140 carruajes repletos de plata y oro) fue seguida por la imposición del cristianismo, que llegó a erigir 37 templos religiosos dentro del contorno de la ciudad de Cusco y hasta levantó un techo sobre el templo incaico de Coricancha (“recinto de oro” en quechua) para tapar su influencia.
No pudieron con el pueblo
Los españoles asesinaron a Atahualpa y a no menos de un centenar de otros jefes, se robaron una fortuna que hoy es imposible de valuar, trataron de sepultar los ritos originarios y provocaron la desaparición del estado inca. Pero los valores culturales de ese Tahuantinsuyu que se expresan en la bandera multicolor de la diversidad étnica, que flamea por todo Cusco y alrededores, no pudieron ser exterminados. A pesar de la censura impuesta por la dictadura cívico militar de los años 80 la lengua quechua se escucha en todos los ámbitos populares y es permanentemente reivindicada por los más jóvenes, sobre todo entre artesanos y músicos que le dan color a las estrechas callejuelas cusqueñas. Cuando el turista vuelve de la excursión mayor, la del costoso y emotivo ingreso a Machu Picchu, ya rodeado de la gente común, en contacto con los vendedores ambulantes, camareros de los bares y taxistas, puede escuchar, una y mil veces, que “mataron a los incas pero no pudieron con su pueblo”. Esos peruanos, para quienes es imposible asistir al festejo por el centenario del “descubrimiento”, sienten que el magnífico escenario arqueológico les pertenece desde la memoria y el imaginario colectivo.
sábado, 5 de marzo de 2011
Conquistar los cielos, desde Pehuenia al Pacífico,pasando por el territorio de los volcanes
Un plácido y caluroso atardecer en el lago Moquehue, Villa Pehuenia (arriba) y el camino cubierto de escarchilla y granizo después de una violenta tormenta ¡de verano! en el paso de Pino Hachado (abajo), contrastes del paisaje y del clima en nuestra Patagonia.
La conquista de los cielos, ese espacio infinito en donde caben todos los sueños, es el inmemorial objetivo del hombre, en sus afanes terrenales y espirituales. Cuanto más cerca está uno del cielo parece que se siente mejor. En estas vacaciones del verano 2011 mi compañera Dalia y yo (este cronista escribidor) procuramos una vez más acercarnos a ese objetivo esencial. Y logramos estar en los cielos claros y esperanzados de Villa Pehuenia (Neuquén), cruzamos el territorio amenazante de los volcanes y quedamos sorprendidos en las brumas del cielo confuso del Pacífico, en Conun Traytray Có (hoy vergonzosamente llamado Puerto Saavedra). En el viaje de vuelta nos metimos adentro de una tormenta de granizo, nieve y escarchilla, en los cielos fronterizos de Pino Hachado y por algunos segundos, envueltos en el fragor ruidoso de la pedrea y sin ninguna visibilidad, entendimos que el cielo no siempre es plácido. Impresiones del camino, en una apretada bitácora que ofrece este blog en diversos capítulos ilustrados. ¡Gracias por visitarnos! Punto final para estas anotaciones...
La conquista de los cielos, ese espacio infinito en donde caben todos los sueños, es el inmemorial objetivo del hombre, en sus afanes terrenales y espirituales. Cuanto más cerca está uno del cielo parece que se siente mejor. En estas vacaciones del verano 2011 mi compañera Dalia y yo (este cronista escribidor) procuramos una vez más acercarnos a ese objetivo esencial. Y logramos estar en los cielos claros y esperanzados de Villa Pehuenia (Neuquén), cruzamos el territorio amenazante de los volcanes y quedamos sorprendidos en las brumas del cielo confuso del Pacífico, en Conun Traytray Có (hoy vergonzosamente llamado Puerto Saavedra). En el viaje de vuelta nos metimos adentro de una tormenta de granizo, nieve y escarchilla, en los cielos fronterizos de Pino Hachado y por algunos segundos, envueltos en el fragor ruidoso de la pedrea y sin ninguna visibilidad, entendimos que el cielo no siempre es plácido. Impresiones del camino, en una apretada bitácora que ofrece este blog en diversos capítulos ilustrados. ¡Gracias por visitarnos! Punto final para estas anotaciones...
Un curioso museo en Carahue, Chile
La simpática ciudad chilena de Carahue, 52 kilómetros de Temuco sobre la ribera del río Imperial, ofrece una sorpresa curiosa. En una de sus avenidas se exhibe lo que califican como “el museo de máquinas a vapor más grande del mundo”, al aire libre y naturalmente con acceso gratuito pero escasa información. No se trata de locomotoras a vapor de tipo ferroviario, no: son máquinas a vapor utilizadas desde los años 70 de siglo 19 hasta casi la mitad del siglo 20, en zonas rurales, para impulsar trilladoras, sierras para madera y cualquier otro tipo de maquinaria que demandaba mucha fuerza constante. Casi todas estas máquinas fueron fabricadas en Inglaterra y se usaron en la región sur de Chile. El mérito de la comuna de Carahue es haberlas reunido en un solo lugar y mantenerlas pintadas, para que los factores climáticos no las deterioren.
Es un museo sobre la capacidad ingeniosa del hombre para producir fuerza de trabajo; y por eso lamentablemente, según la opinión del cronista, faltan referencias, alguna ilustración en gigantografía tal vez, donde la presencia protagónica de los operarios sea valorizada. Esas formidables máquinas a vapor no funcionaron solas…
miércoles, 23 de febrero de 2011
Territorio de volcanes
Desde la cima del Batea Mahuida se pueden ver los volcanes chilenos Villarrica y Llaima (los dos, abajo) que están en actividad y de tanto en tanto "pegan el grito" desde el fondo de la tierra.
Hacia el norte una laguna de deshielo, en el cráter actualmente apagado, vegetación y aguas brillantes.
Desde la ruta se divisa el "Rucapillán" (Villarrica), vigilante de todo cuanto ocurre en las coquetas aldeas montañesas que disfrutan (disfrutamos) indolentes turistas. ¿Alguien se fijaría en los carteles que indican las "vías de escape" llegado el momento?
Territorio de volcanes, con gente de sangre hirviente, de lava siempre activa y siempre amenazante; de misterios atascados en profundidades antiguas y crepitantes, de alertas continuos, de inseguridad y miedo ante la orden natural; de la venganza cierta de los dioses y los demonios ocultos, cuando el hombre comete errores que deben ser castigados y no cumple la misión que le fue ordenada.
La tierra vibra y canta esa pretérita canción que sólo entienden los elegidos. Las cifras y las notas componen el azaroso pentagrama del destino y nadie sabe cuándo estará llegando su propio acorde final y, lo peor que puede ocurrirnos, es que encima nos salga fuera de tono. Las carreteras señalan, con cierto desparpajo indolente, las “vías de escape” para el caso que se produzca el temido (¿quizás ansiado?) terremoto. Pero no hay carteles que anuncien la proximidad de los cementerios ni, mucho menos, los caminos inexorables que allá nos llevan.
Nadie habla del temblor antes del aviso de la tierra. Hay un compromiso de silencio que no se puede quebrantar. Las fumarolas del Villarrica (el “rucapillán” de los araucanos, que quiere decir “casa del espíritu” o “casa del demonio”) se asoman audaces y divertidas, los turistas quedan (quedamos) extasiados con la toma fotográfica exacta, y las agencias programan excursiones de aventura hasta el borde mismo de la hoguera. Puro negocio, emoción apócrifa, estafa fácil y costosa, porque el volcán no admite visitas íntimas, guarda su tesoro de vapor y brasa sólo para el momento supremo, en ese clímax aterrador que nunca se anuncia.
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Desde el techo de la Cordillera de los Andes, en los 1.900 metros de la cima del Batea Mahuida (“montaña de la batea” o “montaña invertida”), justo en el límite entre Argentina y Chile y muy cerca de Villa Pehuenia, es posible divisar a 72 kilómetros de distancia la humeante cúspide del Villarrica ( 2.840 metros) ; y más cerca, a 42 kilómetros, siempre en línea recta, el Llaima (3.125 metros) que no hace mucho produjo aquella lluvia de cenizas que enturbió los aires de la región y obligó a clausurar aeropuertos.
El Batea Mahuida está dormido desde hace más de un siglo (¿quién sabe si no puede despertar un día de estos?) y en el cráter se ha formado una laguna de agua de deshielo, de extraña coloración en la distancia.
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Territorio de volcanes. Los cóndores nos dieron permiso para disfrutar de sus cielos.
Hacia el norte una laguna de deshielo, en el cráter actualmente apagado, vegetación y aguas brillantes.
Desde la ruta se divisa el "Rucapillán" (Villarrica), vigilante de todo cuanto ocurre en las coquetas aldeas montañesas que disfrutan (disfrutamos) indolentes turistas. ¿Alguien se fijaría en los carteles que indican las "vías de escape" llegado el momento?
Territorio de volcanes, con gente de sangre hirviente, de lava siempre activa y siempre amenazante; de misterios atascados en profundidades antiguas y crepitantes, de alertas continuos, de inseguridad y miedo ante la orden natural; de la venganza cierta de los dioses y los demonios ocultos, cuando el hombre comete errores que deben ser castigados y no cumple la misión que le fue ordenada.
La tierra vibra y canta esa pretérita canción que sólo entienden los elegidos. Las cifras y las notas componen el azaroso pentagrama del destino y nadie sabe cuándo estará llegando su propio acorde final y, lo peor que puede ocurrirnos, es que encima nos salga fuera de tono. Las carreteras señalan, con cierto desparpajo indolente, las “vías de escape” para el caso que se produzca el temido (¿quizás ansiado?) terremoto. Pero no hay carteles que anuncien la proximidad de los cementerios ni, mucho menos, los caminos inexorables que allá nos llevan.
Nadie habla del temblor antes del aviso de la tierra. Hay un compromiso de silencio que no se puede quebrantar. Las fumarolas del Villarrica (el “rucapillán” de los araucanos, que quiere decir “casa del espíritu” o “casa del demonio”) se asoman audaces y divertidas, los turistas quedan (quedamos) extasiados con la toma fotográfica exacta, y las agencias programan excursiones de aventura hasta el borde mismo de la hoguera. Puro negocio, emoción apócrifa, estafa fácil y costosa, porque el volcán no admite visitas íntimas, guarda su tesoro de vapor y brasa sólo para el momento supremo, en ese clímax aterrador que nunca se anuncia.
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Desde el techo de la Cordillera de los Andes, en los 1.900 metros de la cima del Batea Mahuida (“montaña de la batea” o “montaña invertida”), justo en el límite entre Argentina y Chile y muy cerca de Villa Pehuenia, es posible divisar a 72 kilómetros de distancia la humeante cúspide del Villarrica ( 2.840 metros) ; y más cerca, a 42 kilómetros, siempre en línea recta, el Llaima (3.125 metros) que no hace mucho produjo aquella lluvia de cenizas que enturbió los aires de la región y obligó a clausurar aeropuertos.
El Batea Mahuida está dormido desde hace más de un siglo (¿quién sabe si no puede despertar un día de estos?) y en el cráter se ha formado una laguna de agua de deshielo, de extraña coloración en la distancia.
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Territorio de volcanes. Los cóndores nos dieron permiso para disfrutar de sus cielos.
martes, 22 de febrero de 2011
Del otro lado de la Patagonia, el encuentro de las aguas del Imperial con el Pacífico
Las brumas de la mañana ocultan la tranquila aldea marítima que los araucanos llamaron 'Conun traytray có' y actualmente es Puerto Saavedra, sobre la costa chilena.
Recién al mediodía la niebla corre el telón y comienza a divisarse el mar con toda su magnífica extensión; y en la infinita tarde el sol empezará a caer en el Pacífico.
En tierras de la Araucanía, en Chile, donde las aguas del caudaloso río Imperial desembocan en las playas intensas del Pacífico la población original se llamaba ‘Conun traytray co’, que en el mapundung quiere decir “encuentro de las aguas”. Aquel nombre definía la característica geográfica y la generosa disposición de la naturaleza para que germinaran los buenos pastos y se alimentaran abundantes manadas de guanacos. Pasaron los años y tras la llegada del hombre blanco el poblado se llamó Bajo Imperial; cuando la prepotencia del Remington se propuso arrinconar a los antiguos dueños de la tierra junto al mar; y más tarde al gobernante de turno se le ocurrió rebautizarlo como Puerto Saavedra, en homenaje al coronel Cornelio Saavedra Rodríguez (nieto de “nuestro” Cornelio Saavedra de cuestionable desempeño en tiempos de la Revolución de Mayo), que fue el autor del plan de exterminio indígena llamado ‘Pacificación de la Araucanía’.
El cronista llegó a “Conun traytray có” en una neblinosa mañana de febrero, siguiendo las orillas del río Imperial. Recién en horas del mediodía la bruma marina corrió levemente el telón gris y permitió apreciar el cerro Maule y sus playas, sacudidas por el oleaje incansable de ese mar al que Hernando de Magallanes llamó Pacífico quizás por excesiva demostración de humor lusitano.
La antigua aldea de pescadores guarda memorias de trágicos naufragios, como el del vapor ‘Cautín’ que se hundió con 150 pasajeros que volvían de una peregrinación religiosa un domingo de enero de 1948; pero la mayor catástrofe de su historia ocurrió el 21 de mayo de 1960, cuando un maremoto (posterior a un fuerte terremoto) literalmente la borró del mapa. ‘Conún traytray có’ quedó abandonada y desierta por casi una década, y comenzó a repoblarse activamente por los años 80, merced a un plan de fomento gubernamental.
En la actualidad funciona como modesto apostadero de vacaciones de verano para los chilenos de Temuco, Carahue y otras ciudades de la zona. Muy cerca está el lago salado Budi, cuya “boca” al mar es otro punto interesante para conocer. Todo en un mismo territorio de paisajes marinos unido por el mismo cielo de contrastes grises, que dominan las gaviotas y los albatros.
El cronista percibió pretéritas vibraciones de la tierra, quizás como los ecos del maremoto de hace 50 años; respiró las voces saladas de los araucanos en lucha valiente por la defensa de sus derechos y contempló la fusión del sol en el mar cuando llegó el atardecer de aquella jornada de sentimientos reveladores. Una mirada al otro lado de la Patagonia, un mismo territorio de playas salvajes.
(Las fotos son de Elida Dalia Chaina)
Recién al mediodía la niebla corre el telón y comienza a divisarse el mar con toda su magnífica extensión; y en la infinita tarde el sol empezará a caer en el Pacífico.
En tierras de la Araucanía, en Chile, donde las aguas del caudaloso río Imperial desembocan en las playas intensas del Pacífico la población original se llamaba ‘Conun traytray co’, que en el mapundung quiere decir “encuentro de las aguas”. Aquel nombre definía la característica geográfica y la generosa disposición de la naturaleza para que germinaran los buenos pastos y se alimentaran abundantes manadas de guanacos. Pasaron los años y tras la llegada del hombre blanco el poblado se llamó Bajo Imperial; cuando la prepotencia del Remington se propuso arrinconar a los antiguos dueños de la tierra junto al mar; y más tarde al gobernante de turno se le ocurrió rebautizarlo como Puerto Saavedra, en homenaje al coronel Cornelio Saavedra Rodríguez (nieto de “nuestro” Cornelio Saavedra de cuestionable desempeño en tiempos de la Revolución de Mayo), que fue el autor del plan de exterminio indígena llamado ‘Pacificación de la Araucanía’.
El cronista llegó a “Conun traytray có” en una neblinosa mañana de febrero, siguiendo las orillas del río Imperial. Recién en horas del mediodía la bruma marina corrió levemente el telón gris y permitió apreciar el cerro Maule y sus playas, sacudidas por el oleaje incansable de ese mar al que Hernando de Magallanes llamó Pacífico quizás por excesiva demostración de humor lusitano.
La antigua aldea de pescadores guarda memorias de trágicos naufragios, como el del vapor ‘Cautín’ que se hundió con 150 pasajeros que volvían de una peregrinación religiosa un domingo de enero de 1948; pero la mayor catástrofe de su historia ocurrió el 21 de mayo de 1960, cuando un maremoto (posterior a un fuerte terremoto) literalmente la borró del mapa. ‘Conún traytray có’ quedó abandonada y desierta por casi una década, y comenzó a repoblarse activamente por los años 80, merced a un plan de fomento gubernamental.
En la actualidad funciona como modesto apostadero de vacaciones de verano para los chilenos de Temuco, Carahue y otras ciudades de la zona. Muy cerca está el lago salado Budi, cuya “boca” al mar es otro punto interesante para conocer. Todo en un mismo territorio de paisajes marinos unido por el mismo cielo de contrastes grises, que dominan las gaviotas y los albatros.
El cronista percibió pretéritas vibraciones de la tierra, quizás como los ecos del maremoto de hace 50 años; respiró las voces saladas de los araucanos en lucha valiente por la defensa de sus derechos y contempló la fusión del sol en el mar cuando llegó el atardecer de aquella jornada de sentimientos reveladores. Una mirada al otro lado de la Patagonia, un mismo territorio de playas salvajes.
(Las fotos son de Elida Dalia Chaina)
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